EL ORIGINAL
Autorretrato.1991
Una fotograía de Don José Luis de 1990 en su casa en Coyoacán obtenida por Ricardo Ramírez Arriola.Ya fuera ahí en su casa, de visita por acá en Monterrey, o en algún otro lugar, he tenido la oportinidad de convivir con Cuevas en más de una ocasión. Recuerdo que la primera vez que lo conocí, pensé que me encontraría con un dragón mínimo de tres cabezas escupiendo fuego por todas parte y mateniendo a distancia a propios y extraños. La verdad es que esa fue y me imagino que sigue siendo la imagen pública que a lo largo del tiempo ha ido construyendo Cuevas desde sus inicios como joven rebelde e impertinente hasta hoy día como el sabio que le debe todo al paso del tiempo. Sea la imagen que se tenga de Cuevas, sea lo que él quiera o no proyectar, nadie puede negar, ni pasar por alto, que es una referencia forzosa para el conocimiento y aprecio del arte contemporáneo en nuestro país, nos guste o no la imagen que proyecta.
No estoy muy seguro de a quién poner a la cabeza de la lista, pero sí que en ella ocupa un lugar, y relevante, José Luis Cuevas. Estoy pensando en este fenómeno del siglo XX (quiero suponer que fue de ese siglo, aunque como sabemos hay antecedentes que se remontan, quizás hasta el XVIII) en dónde la personalidad del productor termina por ser más atractiva e incluso más importante, que la propia obra (lo que no quiere decir que ésta carezca de méritos). Lo cual sería una más de las consecuencias con las que hemos tenido que aprender a vivir después del "efecto van Gogh", quien, efectivamente, también aparecería en nuestra lista. Le siguen, por ejemplo, Salvador Dalí, un vanishing point en la lista lo sería Andy Warhol y uno de sus miembros más recientes Damien Hirst. Entre los mexicanos que acompañarían a Cuevas quizás Rivera o la Kahlo, sin duda Julio Galán. En todos ellos, me parece, junto al duende de las artes visuales cohabitaba el del teatro, lo interesante, en última instancia, es que impidieron que uno dominara al otro, con lo que aprendieron a que juntos, lo hacían mejor.
Hubo un tiempo en que al mencionar el nombre de José Luis Cuevas o al ver su imagen, sucedía una de dos cosas: Se entraba en estado de irritación profunda en el mejor de los casos, o se derretía cual paleta helada de limón, ahí mismo, en el lugar en que se manifestaba la diabólica imagen del terrible José Luis. De él se decía todos los días se tomaba una fotografía, o se hacía un autorretrato, a fin de llevar el registro puntual de su paso por esta tierra (hoy a los 79 años, ya no le debe parecer tan gracioso ver cómo, día a día, se hace más y más viejo). Tan seguro estaba Cuevas de su sex-appeal, que ofrecía a toda joven en verdad amante del arte, ambiciosa y de corto presupuesto, hacer con ella o junto con ella, un auténtico Cuevas, con certificado y toda la cosa, para que no hubiera problemas con los falsos. Entre puntadas como estas, grabados y dibujos, se le pasaba José Luis escandalizando las buenas conciencias de la culta burguesía nacional.