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martes, 16 de septiembre de 2014

Días de lluvia


No deja de maravillar la regularidad que posee la naturaleza a pesar de todo lo que hemos hecho por alterarla. Cada año, después del caluroso estío inician las lluvias tan esperadas pero también tan odiadas o temidas cuando llegan. Como sea, además de lo mucho que significa el agua para una ciudad como la nuestra, de los destrozos que llega a causar y de ser el anuncio infalible de que se acerca el fin de año, la lluvia trastorna nuestra vida y obliga a que cambiemos de actividades.
         Hace muchos, muchos años, cuando llovía y debíamos refugiarnos en casa, cuando nos quedábamos sin luz por cualquier llovizna, mi madre debía sumar a su lista interminable de deberes domésticos, la de entretenernos para que no causáramos destrozos o termináramos en pelea campal de unos contra otros. Recuerdo que así fue como conocí la versión materna del teatro de sombras, y a través de él las más asombrosas narraciones de la literatura infantil. Pero este no era su mejor truco para hacernos pasar una tarde lluviosa, lo mejor era cuando de algún closet o ropero sacaba una caja de zapatos o de sombreros, le practicaba en pequeñísimo orificio en una de sus caras más cortas, después, en plena obscuridad del cuarto, nos hacía sentar teniendo al frente la caja y prendía un pequeño cabo de vela que situaba al frente de ella, justo a unos centímetros de donde estaba el orificio antes practicado. Lo que  sucedía a continuación era casi un  acto de  magia y a pesar de todas  las veces que mi madre nos enseñó  lo mismo, nunca dejamos de  terminar encantados, como si  hubiéramos visto algo de otro mundo. Al fondo  de aquella caja  aparecía la imagen invertida del mismo cabo de vela que ardía fuera de ella, bastaba con interponer la mano en cualquier momento para que desapareciera ésta o bien que regresara la luz para hacernos despertar del influjo de la imagen proyectada.
         Muchos años después vine a enterarme al igual que mis hermanos y vecinos que el acto de mi madre no era otra cosa que la demostración de una cámara obscura; lograr que esa imagen que aparecía al interior de la caja, fuera permanente y no volviera a desaparecer fue el gran triunfo de la fotografía.
         De aquellas experiencias infantiles a la actualidad, conservo la relación fotografía-lluvia, o sea, como fue que, sin saberlo, conocí por primera vez lo que sería la fotografía gracias a la lluvia, pero igual me vienen a la mente fotografías en las que la lluvia es su principal protagonista, por ejemplo un par de hermosas imágenes de Manuel Ramos, una en la que se ve completamente inundada la plaza de la Constitución o Zócalo de la Ciudad de México, y la otra, una imagen limpia como si la lluvia hubiera hecho su trabajo, del mismo zócalo pero transparente con la catedral al fondo y los famosos Pegaso que custodiaban sus cuatro esquinas (hoy en la plaza frente al Palacio de las Bellas Artes), ambas de 1920, o el extraordinario e irónico Tláloc de Héctor García, de 1964. Llenas de nostalgia son las muy pictorialistas Lluvias de verano de Alfred Stieglietz cuando apenas despuntaba el siglo XX (son de 1902).
Samuel Ramos, 1920

Alfred Stieglitz, 1902

         Curiosamente, en esta ocasión, no es una fotografía mi imagen favorita de la lluvia, sino las muchas tratadas en la inmensa serie de México bajo la lluvia de Vicente Rojo (1983). Lienzos, estampas, textiles, esculturas y arte objeto, completan la serie, que es un homenaje sin paralelo a la Ciudad de México, pero también a la pintura y demás artes visuales, y, principalmente, a la infinita capacidad renovadora de la creación humana, que en lugar de agotar los temas los potencia al infinito. Una serie, que desde mi punto de vista, es piedra clave del arte mexicano que vendría después y que, también es mi apreciación, no ha sido suficientemente estudiada y valorada.
Vicente Rojo, 1983

         La lista de fotografías en las que aparece la lluvia podría extenderse en número y a lo largo del tiempo, de las tormentas marinas de Le Gray, a las infames imágenes de las anegadas trincheras de la Primera Guerra Mundial, a las de Gerardo Suter y su penúltima región. Ahora que lo pienso bien, me parece que después de la nieve (que es agua congelada), la lluvia es el segundo de los elementos más abordado por las artes visuales, incluso imágenes de un futuro, lejano o no, como Blade Runner, nos muestran nuestras ciudades inteligentes bajo una pertinaz lluvia, no en balde tres cuartas parte de este planeta están cubiertas por agua.
         Empieza a llover de nuevo, habrá que irse adaptando al cambio de temporada y aunque aún quedan días de luminoso y cálido sol, el año ya ha entrado en su última fase.

Publicado originalmente en Milenio Diario.
Ver también: www.artes2010.wordpress.com
Imágenes: http://museografos.com; http;//en.wikipedia.com; www.suremexico.com

martes, 5 de agosto de 2014

¡Ay Elena…!


         Como es de todos sabido el pasado 23 de abril la escritora Elena Poniatowska recibió de manos del rey Juan Carlos de España (quizás en uno de sus últimos actos públicos como monarca) el Premio Cervantes de Literatura 2013. A raíz de tan relevante acontecimiento y siguiendo la tradición, su retrato fue depositado en la Biblioteca Nacional, al lado de otros 38 ganadores del mismo galardón. A raíz del suceso se ha insistido machaconamente en el retrato de Marras, simple y sencillamente porque su autor resultó ser un fotógrafo de esta ciudad.
         Obviamente no hay nada qué decir sobre la obra de la Poniatowska, de la importancia mayúscula que tiene el premio, o del merecimiento de la escritora de recibirlo. Mi problema inicia con el recuento de los efectos colaterales o marginales que provocan esta clase de eventos, incluido, por supuesto, el mentado retrato (hacer creer que es bueno). Tan obvios resultan que de no ser gracias a que una persona cercana a mi me preguntó a qué se debía tanto énfasis en el retrato, que jamás me hubiera detenido en él más allá de la primera vez que lo vi.
         Quisiera no hacer mención del vestido tehuano que llevó la escritora el día de su exaltación, porque sé agradó y fue aplaudido por muchos; no obstante dado su protagonismo en el retrato oficial, debo abordarlo. De entrada me parece absurdo y patriotero presentarse con este folclórico  vestuario en una reunión de esta naturaleza por más mexicano que quieras parecer (imaginemos a Octavio Paz recibiendo el Nobel vestido de Charro o con taparrabos y penacho). Pero dejemos para un mejor momento este asunto, la escritora sus razones debió tener para aparecer así y son del todo respetables. Lo que sí es cierto, y debe decirse, es que esta indumentaria es uno de los principales elementos que terminan por arruinar su propio retrato.
         Cuenta la historia que Alan Flores, el autor de esta imagen, retrató, del 2007 al 2012 una serie de personajes, entre los que se encontraba Elena Poniatowska. Como gesto de gratitud. el fotógrafo envió copia de su trabajo a quienes habían participado en el proyecto. En acuse de recibo de la escritora, esta le expresó lo mucho que le había gustado su trabajo.
         Ahora bien, me imagino que al ser notificada de su premio, recibió también la solicitud de la Biblioteca Nacional para contar con su retrato, a lo cual ella, creo, debió recomendar se contratara a Flores para tal efecto, y al parecer así fue, pues este recibió el encargo una vez que se supo que Poniatowska había ganado el Cervantes.
         Dice el propio Flores que doña Elena fue quien dirigió la puesta en escena, seleccionando el retablo barroco que se encuentra en la Universidad del Claustro de Sor Juana como set para su retrato. El resultado es… deplorable. No tengo nada en contra del Sr. Flores, desconozco algo más de su trabajo, pero en este caso, parece inaudito que una persona que lleva puesto un vestido que está confeccionado en un 50% en color oro, se vea situada frente a un fondo 100% dorado. Además la toma es contrapicada, casi de cuerpo completo, y la escritora abre amorosamente sus brazos mientras sonríe beatíficamente. Si alguien llegó a pensar que al Cielo no iban a parar los escritores, esta es la prueba de su error. Santa Elena en el parnaso de la cultura del otrora Castellano, hoy del amplio Español.

         Falta de contraste (más tratándose de una fotografía a color), definición de planos, abigarrada composición, hacen de esta imagen más una aparición celestial levitando al centro del retablo que el retrato de un digno merecedor del premio Cervantes. No hay imagen inocente y lo que vemos no es resultado ni de un novato en la fotografía ni de una dulce viejecita que escribe sobre sus andanzas de juventud. El mismo Flores explica que la escritora escogió este lugar por recordar a la Décima Musa y el fondo por asemejarse al podio de la sala de la Universidad de Alcalá de Henares donde recibiría el premio. El resultado es tan obvio que me parece difícil creer, no lo que relata el fotógrafo, sino en las discretas intenciones de la escritora.

Publicado originalmente en Milenio Diario
Ver también: www.artes2010.wordpress.com
Imagen: www.revistadearte.com

lunes, 21 de julio de 2014

Vida en la ciudad

Hace una semana cerraba estas mismas líneas, diciendo que la exposición de Robert Doisneau en el Palacio de las Bellas Artes en la Ciudad de México me había dejado la invaluable lección de que es necesario ampliar y profundizar la reflexionar ante cualquier imagen, cuánto más en aquellas que se convierten en las favoritas de un determinado público; decía que hay que hacerlo en y con ellas en particular, porque ese éxito, ese gusto mayoritario, no es, por supuesto, gratuito.
         Hoy me enfrento a una situación que bien podría calificar de antítesis de lo apuntado hace ocho días. No me encuentro ahora ante imágenes que, independientemente de su temática, tengan una difusión mediática que las convierta en el gusto de todos, sino más bien a simples imágenes que aspiran quizás no a una circulación generalizada, pero si a ser tomadas por fotografías, y al cambiar de imagen a fotografía quiero decir que circulen como piezas de “arte”.
         Hace un par de semanas, la galería de la Alianza Francesa, local Valle, inauguró la muestra Vida urbana, organizada por la Asociación de la Plástica de Garza García, A.C., 12 imágenes, en color y B&N, conforman la exhibición. En términos generales suelo ser muy respetuoso de las actividades que  lleva a cabo esta y otras asociaciones del mismo tipo. Las aspiraciones de sus miembros, como las de cualquier otro, son enteramente legítimas, y todos los trabajos y demás actividades que llevan a cabo son muestra patente de la honradez y profesionalismo con que pretenden actuar y mostrarse en público. De hecho, el esfuerzo que han llevado a cabo en la exposición a la que me refiero, por mantener un mismo formato, una misma temática, por presentar, en síntesis, una muestra homogénea con un texto bien preparado, habla, precisamente, de la seriedad de sus intenciones.
         Ahora bien, por todo lo anterior y aunque nunca pensé llegar a hacerlo, sí quisiera regañar a las expositoras por el trabajo que presentan. Así como los que estamos de este lado hemos de obligarnos a prepararnos mejor y ser más claros en las ideas y principios de deseemos comunicar, así, creo, quienes exponen deberían detenerse un momento y pensar mejor qué es lo que quieren mostrar al público y para qué. Si esto es cierto en cualquier forma de expresión lo es mucho más en el caso de la fotografía, nada más ni nada menos, porque estamos tan saturados de imágenes que exhibir más de éstas lo único a lo que contribuyen es a contaminar e hinchar más una ya muy deteriorada iconosfera.
         Hay una gran diferencia entre fijar imágenes y hacer fotografías, en este sentido la exposición de Doisneau es más que ejemplar, pues no basta salir a las calles de cualquier ciudad e ir apretando el obturador ante lo que me sale al paso, sino de querer atrapar, representar, comunicar, aquello que yo entiendo, percibo, siento, de esta o aquella zona de la ciudad, de estos o aquellos personajes, de tal o cual situación. La ciudad, sus calles, personajes y acontecimientos no son temas fotográficos por sí mismos, es el fotógrafo, su sensibilidad, su ojo, la que los convierte en motivos que, unos más otros menos, se van convirtiendo en tópicos o representativos. Desgraciadamente en esta exposición hay únicamente 12 imágenes que nada me dicen de lo que simplemente muestran,
         Y si no se vale ser irreflexivo en la temática, menos aún en la cuestión técnica. Se bien que suele recomendarse no prestar mayor atención a los aspectos técnicos y máxime si no eres fotógrafo sino un “productor de más amplios intereses” que se vale de este medio sólo para realizar una parte de su obra pero que mañana podría mudar a la pintura por ejemplo. Pues bien, a quienes han prestado oídos a tales consejos o indicaciones, déjenme decirles que les han visto la cara. Jugar con el “ruido” técnico, con los defectos de la imagen, es cuestión más seria de lo que parece; el creer que todo se vale es más bien hacerse tonto y pensar que todos los demás también lo son. Ya que vas a presentar tu trabajo, preocúpate no por si está bonito el marco, sino porque esté, si quiera, bien impresa la imagen.
         Espero no sea mal entiendo mi “regaño”, mi intención no es ofender, sino por el contrario tratar de contribuir. La galería de la Alianza Francesa, quienes participan en esta asociación y la asociación misma, merecen algo mejor.

Publicado originalmente por Milenio Diario.
Ver también: www.artes2010.wordpress.com


lunes, 23 de septiembre de 2013

Así es...



       Sin mucho aspaviento o más bien con bastante discreción,  el pasado 19 del presente se abrió al público el Salón de la Fotografía 2012 en la Cineteca-Fototeca del Centro de las Artes en el parque Fundidora. Y no es para más, o esa es la primera lectura, la que salta a la vista, al recorrer el Salón y constatar que de 111 propuestas que se recibieron, sólo 4 productores fueron seleccionados, por lo que la exhibición se reduce a 40 fotografías que corresponden —me imagino ya que no se da ninguna orientación al respecto—, a los proyectos con que participaron los 4 seleccionados (cada cual con una cantidad distinta, así por ejemplo Juan José Herrera, quien fue distinguido con el premio de adquisición, presenta 3 retratos, en tanto que Armando O. Márquez Arroyo expone 18 imágenes).

         Así las cosas, esta primera lectura bien pudiera dar lugar a exigir una mayor rendición de cuentas, pues resulta difícil creer que de 111 suspirantes menos del 4% pudo pasar por el cedazo del jurado —que se curó en salud con la cédula de sala que escribiera José Luis Cuevas. Por suerte la sangre no llegó al río, no como en el caso de quienes, en julio de este mismo año, pretendían revertir el veredicto dado en la llamada Reseña de la Casa de la Cultura, o si llegó fue a través de las redes sociales a las  que, por fortuna, no tengo acceso.  Ya fuera por falta de interés, por no  caer en vanas disputas, o porque  realmente no había nada que  protestar, la verdad es que todo  mundo, al parecer, ha quedado  satisfecho con lo hecho y lo  mostrado.

         Más allá de esta primera y  sorpresiva lectura, sorpresiva  porque al haber más producción de imágenes se supondría que habrían, no sólo más participantes, sino que entre ese tsunami de imágenes en que nos sumergimos todos los días, se encontrarían algunas de mayor calidad e interés. Falsa ilusión, esta ubicua generación de imágenes no supone absolutamente nada (sólo que seguirán produciéndose), ni que habrá más participantes, ni que se tendrá mayor conciencia de lo que se hace, mejor preparación, que se generarán mejores proyectos, etc.

         Casi como consecuencia de lo anterior, segundo error de lectura: Aquellos que cumplen con los requisitos y participan en una convocatoria, es porque están seguros de su trabajo, es decir, que tienen un conocimiento y una cultura, fotográfica en este caso, que les permite medir su propio quehacer y saber hasta qué punto pueden ser competitivos. Las descripciones que se dan acerca de la naturaleza y contenido de los envíos (ver la citada cédula de sala, pero también las notas que cubrieron las ruedas de prensa respectivas) echan por tierra cualquier suposición al respecto; tener la posibilidad de producir una imagen no es garantía de que sepas cómo hacerlo, para qué o por qué.

         Por último. ¿En qué lugar se dice que de 100 tiros 100 den en el centro de la diana? Quiero decir, ¿qué nos ha llevado a creer que hay tan buena fotografía en el estado que de un concurso en el que participan 111 productores, ya no digamos 100 deben quedar seleccionados, pero, vamos, al menos sí unos 60? La verdad, y este Salón es una prueba de ella, es que este es, muy probablemente, el nivel que tiene actualmente la producción de imágenes fotográficas en Nuevo León, el nivel que a los ojos de un jurado de otras latitudes alcanzan a tener las fotografías concursantes (incluso, para mí y por lo visto, cuatro son muchos). A nadie debe sorprender entonces esta situación ¿por qué habría de ser diferente? A menos que aceptemos como verdadera o válida esa primera impresión que causa el Salón, podríamos pensar que nuestros alcances son otros, superiores, que merecen mejor calificación.

         Hacer fotografía, como hacer música o arquitectura, hacerlo bien, con ideas, con intenciones, con conocimientos, supone mucho más que contar con una cámara, o peor aún, con un teléfono; el que estos aditamentos, estas máquinas abran la posibilidad de producir un sin fin de imágenes, de ninguna manera quiere decir que se esté haciendo buena fotografía. Si de todos los que a diario accionan un obturador para hacerse de una imagen, salieran uno o dos buenos por generación, estaríamos en jauja y no en Nuevo León.
 
Publicado originalmente en Milenio Diario.

martes, 17 de septiembre de 2013

Luces sobre México

 


         Para no dejar atrás las fiestas patrias, el tema que abordaré enseguida tiene que ver con la fotografía en nuestro país, pero también con el valor de su conservación, el papel de la historia, la comprensión del presente y de su futuro.

         Luces sobre México, es el título de un extraordinario libro editado en el 2006 por la editorial RM, el CONACULTA y el Instituto Nacional de Antropología e Historia. La edición estuvo a cargo de Rosa Casanova y Adriana Konzevik, y lleva un preámbulo de Olivier Debroise. El libro tiene por subtítulo el de Catálogo selectivo de la Fototeca Nacional del INAH. En efecto, el libro presenta una selección de imágenes provenientes de por lo menos 40 fondos de los que está compuesta la Fototeca Nacional empezando por el que se considera el fundacional, el archiconocido Archivo Casasola; en total se reunieron 360 imágenes que a juicio de los editores dan cuenta de sus intenciones, o mejor dicho, de la riqueza que contiene la Fototeca Nacional. Se anexa al libro un CD Rom, con un despliegue de imágenes más amplio (1,200) que permiten ver el valor e importancia que tienen estas imágenes para el conocimiento de nuestra historia, pero más importante que eso es el valor que  tiene  el que se hayan  conservado y  se lleven a cabo  esfuerzos no sólo por mantenerlas  y/o consolidarlas,  sino que se haga   pensando en la permanente  ampliación de los fondos de la  Fototeca, es decir, que se entienda   que esta es una labor    imprescindible que ha de llevarse a    cabo de aquí en adelante.

         Cada una de las imágenes que se presentan tanto en el libro como en el CD Rom, llevan un texto connotativo de lo que se sabe y se  han investigado sobre su contenido, así que sin proponérselo el libro se convierte en un texto grafico de la vida en México por lo menos de los últimos 120 años. Por sus páginas vemos desfilar soldaderas, días de campo en Chapultepec, detenidos en la cárcel de Belén lo mismo que en la lúgubre Lecumberri, mítines políticos de todos los tiempos y tendencias, intelectuales  y productores, pero también gente de la farándula, artistas de cine, grupos étnicos y monumentos nacionales ya sean prehispánicos o virreinales, cartas de visita o retratos de estudio provenientes de todo el país.

         Tratemos de imaginar la Revolución mexicana sin los retratos de Díaz, Madero, Villa, Zapata, Carranza, sin la siniestra de Victoriano Huerta y sus ministros, sin las de la Decena Trágica, la entrada de Madero a la capital, etc. Han sido estas y muchas otras fotografías las que nos han ayudado a comprender el ambiente, las costumbres, los usos, el trato, el vestuario, etc., que forman parte de esa historia que se re-escribe todos los días que es la historia de México, como la de cualquier otro lugar. Sin ellas, es seguro, la historia de este periodo, como la de muchos otros, sonaría hueca, no pasaría de ser nombres y sucesos de interés sólo para los especialistas.

         Si la preservación y conservación de las imágenes es una tarea que no puede abandonar la historia, pensemos ahora en qué servicio pude prestar este monumental acopio a la fotografía en sí misma. Es más, reflexionemos un momento en para qué nos puede servir, desde el punto de vista de la fotografía, que exista aquí en Monterrey una Fototeca que también pretende conservar fotografías “viejitas”.

         Soy de la creencia que el pintor se nutre viendo pintura y el poeta leyendo poesía, así pues me es inconcebible un fotógrafo que no vea, se alimente, de otras fotografías; antes de devorar las imágenes del ámbito internacional debiste haber abrevado en las que reflejan o han sido producto de tu misma tierra, de tu misma gente, de tu mismo ambiente. Por si fuera poco, tal y como lo advierten Casanova y Konzevic en su Prólogo, en estos archivos, lo mismo en la Fototeca Nacional que en la de Nuevo León, queda aún mucho por investigar, no sólo por lo que está por ser descubierto, sino por las múltiples lecturas que cada época da a su propia historia.

         Así pues, ya que festejamos un aniversario más de nuestra presencia como país, celebremos también que contamos con estos recursos para alimentar nuestro imaginario nacional, para saber qué ha sido y qué es México.
 
Publicado orginalmente en Milenio Diario

 



martes, 10 de septiembre de 2013

Lo que mal empieza...

     Es domingo 8 de septiembre; son aproximadamente las 12.30 del día; después de estacionarme y pagar religiosamente, me acerco cándidamente a la entrada del llamado pomposamente Museo Metropolitano de Monterrey, vulgo antiguo palacio municipal. Pegado a la improvisada mesa de información aparece escrito en una hoja de papel algo así como “cancelada la inauguración de la exposición FOTOUR por causas meteorológicas. Se avisará próximamente de nueva fecha”. A no ser por este mensaje y el amable guardia que me lo confirma y me avisa que a partir de este lunes (ayer) personal del municipio se estará comunicando con los interesados para informar de cuándo y cómo se hará, ahora sí, la inauguración, nada más se podría decir de ella, aun y cuando estaba programada, como se dice, para ser abierta al público el pasado viernes.

         Que causas meteorológicas detengan o impidan una inauguración es posible; que una marcha de docentes cavernícolas asuste al respetable y sus autoridades, es más que probable; que policías y ladrones hagan llover plomo al momento de la inauguración es también posible y motivo de cancelación a fin de evitar males mayores. Pero en todos estos casos, muy comprensibles y hasta aplaudibles en función del bien y la seguridad públicas, al día siguiente de la  contingencia las actividades deben  seguir su ruta normal; es decir, si el viernes por la noche por la razón que fuera se canceló la inauguración de esta exposición, no hay, o no alcanzamos a ver algo que impida se haya abierto al público al día siguiente, el sábado, el domingo y días sucesivos (salvo los de descanso) hasta el fin de su vigencia, o sea, debía estar a disposición de aquellos visitantes, que para eso, precisamente, se acercan al museo.

         Estoy hablando de la exhibición organizada, anunciada y cancelada por el municipio de Monterrey, en el Museo Metropolitano, intitulada FOTOUR (pésimo neologismo que pretende jugar con las palabras FOTO y el anglicismo TOUR (gira), lo que hace más confuso su nombre) una colectiva de fotografía con la participación de más de 30 productores locales: de Alfredo Salazar, por ejemplo, a Meme Gracia, o de Aristeo Jiménez a Malú Delgado, en donde aparecen nombres, ahora sí que mensajeros del pasado, como Mercedes Macías, Ingrid Silva o Julieta Leal, con los colados de siempre que no pierden oportunidad para aparecer aunque sea asesinando a su mejor amigo; evidentemente una verdadera ensalada que por serlo resultaba atractiva e interesante, con cierto valor, aunque también ya sabemos lo que sucede cuando se combina por combinar.

         Tengo los años necesarios en el medio como para decir que lo he visto todo, o casi todo, pues nunca me había tocado atestiguar que después de organizada y promocionada una exposición se cancelara su inauguración por “causas meteorológicas” y no se abriera al público al día siguiente. Me parece no sólo una falta de educación para con los productores que aceptaron la invitación, un menosprecio a su trabajo, sino la total ausencia de responsabilidad y atención para el público, que, en serio y más allá de toda retórica, es por lo único que vale la pena todo esto, obras, exposición, inauguración y hasta medallitas colgadas por organizar eventos culturales.

         Dicen las malas voces que circulan por las redes sociales que los organizadores no lograron juntar un mínimo de piezas para inaugurar la muestra. Independientemente de lo que significa esto de resultar cierto, hay algo que está por encima de todo lo demás, la obligación que se tiene con el público de presentarle, en tiempo y forma, aquello que ya le fue anunciado. No importa si se había logrado conjuntar a los más de treinta fotógrafos o si tan sólo se recibió obra de cinco de ellos, lo ético, lo correcto moralmente, era inaugurar.

         El respeto al público, a los productores, el actuar moral, éticamente, son términos, conductas y actitudes, que, por desgracias, cada vez cuentan menos; lo importante en todo caso era la foto de la Sra. Alcaldesa inaugurando una exitosa y multitudinaria muestra, lo demás sale sobrando.
 
Publicado originalmente en Milenio Diario


martes, 3 de septiembre de 2013

Fotografía y guerra

El fotógrafo Paul Hensen, muestra su fotografía del Entierro en Gaza, premio 2013 del World Press Photo.
 
        Hoy, cuando vuelven a sonar los tambores de guerra, vale la pena revisar cuál es el estatuto de las imágenes fotográficas (digitales o analógicas) y la serie de eventos que conocemos como escenas o situaciones de guerra (cualquiera que sea su alcance). Quizás debiéramos iniciar con la confirmación de un hecho que fue puesto en evidencia a partir de la primera guerra del golfo (1990): si la corresponsalía de guerra —y con ella todo el periodismo— debía cambiar para ajustarse a la nueva realidad que fue la transmisión de la guerra en vivo, también quedó claro  que a las imágenes de origen fotográfico poco o ningún lugar les estaba reservado en/para esta clase de eventos.
         Las imágenes de guerra que inmortalizaron Robert Capa, Eugene Smith, Lee Miller o Eddie Adams, que presumimos fueron obtenidas aún a riesgo de su propia vida (cuentan que el mejor consejo que daba Capa era que si las fotos no resultaban ser lo suficientemente buenas se debía a que no estaban lo suficientemente cerca de la acción), han cedido su lugar a la instantaneidad de las imágenes que nos son transmitidas vía Internet. El fotoperiodismo que aún queda, debido a la manipulación digital de la que es objeto cualquier imagen, con o sin el consentimiento de su  autor, ha llevado al gran público no  sólo a dudar de su veracidad, sino  también ha provocado las más  acaloradas discusiones entre  académicos que niegan o defienden  la bendita relación entre fotografía y  verdad, fotografía y realidad,  fotografía y objetividad, pilares,  como se ve de lo que hemos creído,  como si fuera la Biblia, durante  tanto tiempo respecto a la fotografía. Polémicas tan conocidas como las provocadas por las imágenes publicadas hace 10 años por Los Angeles Times (Brian Walski) o las más recientes de El País acerca de la muerte de Hugo Chávez, son como el botón de prueba de la problemática situación en que se halla actualmente el fotoperiodismo y en especial el que cubre el frente de guerra.
         Es verdad que aún quedan algunas de estas imágenes fotográficas que han servido o sirven para denunciar graves actos, ahí están, por ejemplo, las fotografías de la cárcel de Abu Gharib que cándidamente tomada y hacía circular por el Internet la policía militar Lynddie England, o las que hace unos días diera a conocer la oposición Siria acerca de un supuesto ataque con armas químicas sobre la población civil; aun así, la verdad es que son las menos, y, por el contrario, no sólo ha crecido nuestro escepticismo  respecto a estas imágenes, sino que también cada día que pasa nos hacemos un tanto más insensibles a lo que muestran.
         Esta insensibilidad o falta de reacción ante imágenes de cuerpos golpeados, mancillados o destrozados, así como de serios daños materiales, ha provocado que entre los propios foto-editores de diarios y revistas se vaya diseñando una especie de estética del horror, la pobreza y la desgracia, es decir, difunden únicamente un determinado tipo de imagen, aquella que por sus características dramáticas, poco frecuentes, anormales o francamente bizarras esperan llamen la atención y logren más ventas. No hablo de que este sea un proyecto consciente (espero, deseo, que no lo sea) de parte de los editores, sino que más bien es el resultado, la manera en que reaccionan ante la conducta y hábitos de compra de sus lectores, y la competencia omnipresente del Internet. Esta tendencia se ve reforzada, no sólo por el favor del gran público, sino por permios y reconocimientos que obtienen los fotógrafos más “espectaculares” de parte de agencias u organizaciones tan prestigiosas como el World Press Photo (recordemos la fotografía ganadora del primer lugar de este año, el Entierro en Gaza del sueco Paul Hansen).
         Qué las imágenes de guerra han sido desde siempre manipuladas a fin de mover y conmover conciencias es verdad. De Fenton en adelante así se había procedido teniendo en mente el servicio que prestaba la fotografía a los lectores, lo nuevo de nuestra época es que ahora la misma manipulación no es producto de la intención de servicio, sino de un fin comercial; por desgracia, así son las cosas en este mundo contemporáneo.
 
Publicado originalmente por Milenio Diario.
 

martes, 6 de agosto de 2013

Memoria, narración y fotografía

  
      Las líneas que siguen son un regreso a la exposición de Carlos Ballester en el Centro de las Artes. Dos motivos me llevan hacerlo, uno, explicar con mayor detenimiento lo que veo en su trabajo, y, dos, a partir de ahí, extender la misma argumentación a la fotografía; es decir, me parece que las obras que presenta Ballester en esta exhibición son equiparables a la fotografía en cuanto a cómo pueden ser entendidas, estas piezas y la fotografía en general.

         La semana pasada ligué las obras que se presentan en esta muestra a la narración oral pre-histórica; cada una de ellas encierra una historia diferente que se renueva no sólo con cada nuevo observador o público sino con cada vez que echemos mano de ellos —los trabajos— para recordar y narrar su contenido. En tal sentido las piezas producidas por Ballester serían una especie de recursos mnemotécnicos que auxilian a recordar, a armar, la historia que en ese momento será contada.

 

         Cada una de las “cajas” de Ballester, por ejemplo, encierra un conjunto particular de objetos que al quedar articulados dentro de ellas crean su propio universo. Leer estos universos, saber moverse dentro de ellos, conocer el código de qué va primero y qué después y cuál es la razón de su ubicación dentro de la  caja (arriba, abajo, primer plano, fondo, etc.), son las claves que van haciendo recordar, a quien las emplea para ello, la historia que desea comunicar.

         El procedimiento no es extraño (usar objetos para recordar) y desde la antigüedad se conocen y emplean, una variante de ellos es el llamado Ars Memoriae que ha llegado a nosotros a través de la obra de los oradores latinos Cicerón, Quintiliano y el texto Ad Herennium de autor desconocido (para más información consultar El arte de la memoria de F. A. Yates). Dos elementos son clave en el proceder recomendado por ellos, los llamados loci, o lugares, y las imagines, las imágenes. Así pues, para recordar con precisión el orden de los argumentos o preceptos que tenía que manejar un orador, este iniciaba, como mnemotécnica, por inventar lugares que pudiera reconocer fácilmente e inmediatamente formar las  imágenes de aquellas cosas que quisiera recordar y ubicarlas en tales lugares. Reconocer un lugar y ver las imágenes que lo pueblan es recordar las cosas a las que están ligados ambos, es decir los loci y las imagines.

Así es como funcionan las “cajas” de Ballester, cada una de ellas es un lugar que contiene sus propias imágenes, recorrerlo es ir recordando la historia de la que dependen. Sin embargo, esta –la historia— siempre es nueva, porque siempre es diferente el que recorre los lugares y contempla sus imágenes. Por eso son pre-históricos, porque sus contenidos no están escritos en ningún lado, no son letras, son imágenes, y cada vez que alguien las contempla empieza de nuevo la historia que cuentan.
 

 

         La fotografía, por otra parte, es en sí el loci de los oradores, hablo del objeto que contemplamos y que en sí mismo y por sí mismo es un espacio que contiene imágenes que al observarlas nos traen de la memoria historias que contar, es decir la fotografía como objeto es también un dispositivo mnemotécnico. Pero resulta, como en el caso de las impresiones hechas por Ballester sobre el naufragio y posterior rescate patagónico, que la imagen de la fotografía por sí sola no ofrece más información, o mejor dicho, esas imágenes no poseen una información única, objetiva, reconocible por todos, por el contrario, esas imágenes —y en eso radica las fascinación que ejercen sobre nosotros— son renovadas con cada observador, cada uno de nosotros las empleará para contar su propia historia tal y como lo ha hecho Carlos Ballester en este caso (por eso es que no las presenta únicamente como fotografías rescatadas), lo mismo sucede con cada fotografía que vemos.

         La imagen fotográfica en realidad es muda por lo que hay que asociarla a aquellos eventos que deseamos recordar. Una vez pasado el evento o cambiando de público, son como tablillas de arcilla sobre las cuales se puede volver a inscribir cualquier otra historia.
 
Publicado originalmente por Milenio Diario