martes, 30 de noviembre de 2010

Ni tan comunes, ni tan iguales (última pausa En 100 años)


Debo confesar que me interesaba especialmente ver la muestra Rasgos Comunes que se exhibe actualmente en el Centro de las Artes I. De Loretto Villarreal, autora de las fotografías que se presentan, había visto su primera individual allá por el 2005, y luego la seguí a través de lo que fue presentando en los Salones de la Fotografía. Sin ser piezas fuera de lo común, sí me llamaban la atención por su corrección técnica y por lo que me perecían atisbos de un querer decir.
¿Por dónde empezar? Lo pregunto no porque haya mucho qué decir, sino para que lo poco que comente resulte de utilidad. No voy a citar a otros fotógrafos que se han ocupado del retrato infantil, ni a aquellos que se han mostrado preocupados por el tema de la identidad, o quienes han intentado, desde el siglo XIX, encontrar al tipo (de hombre civilizado, de ladrón o asesino, de belleza, de habitante tal o cual lugar, de representante de la nobleza, etc.), a través de la fotografía o reconstruyéndolo con su auxilio, porque no me parecería justo comparar proyectos verdaderos con una simple acumulación de imágenes semejantes, que lo único que comparten es ser retratos de niñas y niños.
No creo que lo que se exhibe sea un proyecto verdadero, entre otras razones, porque no hay unidad en lo exhibido; hay fotografías en color y en blanco y negro, lo no que no está mal, pero no todas las de color tienen tratamiento parecido, como tampoco lo tienen las monocromas. Igual, no hay unidad en la forma en que se han tomado los retratos, tan es así que hubo que repetir algunos de ellos para completar las colecciones. Da la impresión de haber entrado en el departamento de pasaportes infantiles y ahí haber seleccionado, 10, 30, o 150 imágenes, imprimirlas en dos o tres formatos y luego exhibirlas bajo cualquier encabezado.
Cierto, se puede hacer una exposición de este tipo, de hecho se han realizado con las fichas de identificación de sistemas carcelarios de todo el mundo, el problema con los Rasgos comunes, es que no es clara la intención con la que han sido reunidas estas imágenes. Al inicio del recorrido hay un texto firmado por la propia Villarreal, en el que afirma que este proyecto, en el que trabaja desde hace 10 años, es producto de una reflexión sobre los problemas sociales que nos aquejan y que no son responsabilidad de nadie en particular sino de la comunidad en su conjunto. Más adelante afirma que desearía que a través de su trabajo cobráramos consciencia del mundo que le estamos heredando a las nuevas generaciones. Perfecto, pero ¿qué demonios tienen que ver estas fotografías con tanta declaración; en dónde vemos esas intenciones; en dónde la responsabilidad de ella y de nosotros? Un proyecto no nace de la simple y cómoda reunión de una cierta idea y un material acumulado.
Esta es una de las fallas más graves de la muestra, es decir, ¿a dónde nos lleva; qué nos muestra; con qué se queda el espectador que no sea con la imagen de 150 niños(as) más o menos guapitos(as), y luego?
Si difícil resulta entender los propósitos de la exposición y las intenciones que hay detrás de este proyecto, más complicado se hace por la museografía empleada, la cual, francamente, es incomprensible; no hay razón, mejor dicho, no encuentro razón de por qué crear dos espacios cerrados, como habitaciones aisladas para presentar las fotografías, y no la veo porque se trata de lo mismo por lo que no había riesgo de que se contaminaran entre sí. Agreguemos la incorporación del sonido, entre presentación de los niños y voces infantiles mezcladas me causó más la impresión de una instalación de Boltanski sobre niños muertos en el Holocausto que de pequeños herederos de nuestras conductas.
No se puede dejar de mencionar la calidad de las impresiones, especialmente las de gran formato, pero ni eso, ni la cantidad, ni las buenas intenciones son suficientes para hacer una buena exposición.

Publicado orginalmente por Milenio Diario.





lunes, 29 de noviembre de 2010

En 100 años (27)

Entre las imágenes memorables de nuestro país y que son debidas a la recreación que la producción artística hace de la realidad, se encuentra la de la mujer mexicana. Hay muchas versiones sobre este tema, van desde la mujer fatal hasta la de la madre abnegada, de la mujer que se sacrifica por los suyas, hasta la mujer que enfrenta a su destino heroicamente. De entre todas se encuentra la que sirve de alegoría a la patria misma, la mujer esquiva y misteriosa, exótica y sensual, nativa y cosmopolita, exuberante, rica, inconquistable, esta imagen no puede ser otra que la de la las mujeres del istmo de Tehuantepec.
No es muy claro cómo fue que estas mujeres llegaron a adquirir este estatus, lo cierto es que desde muy temprano en el siglo se empezó a ver en ellas algo más que mujeres mexicanas oriundas de esta parte de la geografía, tal y como lo demostraría esta hermosa pintura de Saturnino Herrán (1882-1918) de 1914. Parece que fue durante un famoso viaje que se llevó a cabo en 1921 a instancia de José Vasconcelos, entonces ministro de educación, con destino a la península de Yucatán y Oaxaca. Invitados de Vasconcelos fueron Diego Rivera, Roberto Montenegro, Jorge Enciso, Miguel Covarrubias y otros productores. Ahí, en su encuentro con la gente, con la comida, con la historia, las artesanías y las costumbres, en la imaginación de todos empezó a formarse esa idea de la cultura nacional como la mejor y más valiosa moneda de cambio que se tenía en la re-construcción del país. Entre los grandes descubrimientos que harían se encuentran precisamente las mujeres del Istmo, quienes con su hermoso vestuario de origen hispano y oriental, cautivaron para siempre la sensibilidad de los sofisticados hombres y mujeres de los centros cosmopolitas. En 100 años la mujer en México ha destacado por muchas razones y en muchos escenarios, por desgracia aún padecen las limitaciones, violencia y represión de cualquier otra minoría. Su posicionamiento en condiciones de igualdad es otra de las tareas que tenemos pendientes para el tricentenario.
(Imagen: www.epdlp.com)

domingo, 28 de noviembre de 2010

En 100 años (26)


Al hablar de la conformación del imaginario mexicano, aquel que se formó a partir del fin de la Revolución y que tuvo vigencia por lo menos hasta 1968, en lo personal prefiero hablar del cine y las películas de Figueroa, “El indio” Fernández, Pedro Infante, Jorge Negrete, Joaquín Pardave, Sara García, Dolores del Río, Andrea Palma y compañía, de fotografías como las de Manuel Alvarez Bravo, Márquez Romay, Agustín Jiménez y hasta Tina Modottí, antes que de la obra mural, de caballete o gráfica de Rivera, Orozco, Siqueiros, Tamayo, Anguiano, O’Gorman o cualquier otro de sus seguidores. La razón es muy simple y tiene que ver con la extensión, con cuestiones de cantidad. Hay un caso, no obstante, proveniente también de las artes plásticas aunque de una rama considerada menor, la ilustración y su relación con la industria editorial. Me refiero al Chihuahuense Jesús Helguera (1910-1971). Aquí, una de las múltiples versiones que realizó en torno a la “leyenda de los volcanes”. Hasta donde recuerdo no había Navidad o Fin de Año en que no nos regalaran de la zapatería, la carnicería, la vulcanizadora, la panadería o la farmacia, uno o varios calendarios con una o varias imágenes preferentemente de este gran ilustrador. Mi madre los colocaba puntualmente tras la puerta de la cocina, en el corredor del desayunador, a la entrada del patio de servicio, esto es, en los lugares donde siempre y a todo momento, fueran visibles. Si alguna imagen nos enseñó cómo era el mundo prehispánico, cómo la vida previa a la Revolución, como el día a día en el campo nacional, fueron estas y no las que se encuentra en los museos o los muros de las dependencias oficiales. Si alguien ha sido responsable de crear esa imagen del México de Charros, de mujeres abnegadas, de nativos heroicos y dramáticos, de la belleza y sensualidad de las mujeres mexicanas, son Figueroa y compañía, Helguera y sus calendarios y cajetillas de cerillas. En 100 años han sido esas las imágenes del México moderno y su identidad, no las que nos han querido vender provenientes del llamado Renacimiento mexicano, las que, si acaso, contribuyen a la formación del imaginario tangencialmente.

(Imagen: wwwmetropoli.org.mx)

sábado, 27 de noviembre de 2010

En 100 años (25)


Así como ayer destacábamos el papel de Gabriel Figueroa, quien desde el cine, creó imágenes inmortales que construyeron la “mexicanidad” moderna, hoy presentamos a otro personaje también relacionado directamente con el cine en el mismo momento en el que trabajaba Figueroa, se trata de Luis Márquez Romay (1899-1978), quien además de hacer fotografía para el cine, fue actor, director, iluminador y diseñador de vestuario; su papel en tanto creador de imágenes con las que después se nos identificaría no le va a la zaga a Figueroa. La imagen que aquí presentamos, por ejemplo, fue tomada en 1939 y como se ve se trata de una modelo en traje de Tehuana, se encuentra frente a uno de los enormes leones que flanqueaban la entrada al pabellón de la Gran Bretaña en la Feria Internacional de Nueva York, 1939-1940. La participación de nuestro país en aquella ocasión y evento, consistió, como casi siempre, en reafirmar la identidad de México vía los objetos sagrados de la versión oficial de lo que significa "lo mexicano": arte prehispánico, algunos ejemplos espectaculares del arte virreinal, arte popular o folklórico, como la Tehuana, y los muralistas. Imágenes como las creadas por Figueroa, recreadas por talentosos fotógrafos como Márquez Romay, y machacadas por todos sus epígonos son las que terminaron por incrustarse, por lo menos, en nuestro imaginario.
El trabajo de Márquez Romay, que incluye fotografías de arquitectura, foto fija para el cine, retrato y desnudo, se conserva en más de 10,000 negativos que forman parte de los archivos del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, quien se han responsabilizado de su difusión y conservación. En 100 años han sido muchos más los productores que nos han dado identidad (con todos los defectos que ello pueda comportar), que de los que tradicionalmente se difunden. Rescatarlos, volver a valorarlos y ubicarlos en el sitio y función que les corresponde en nuestra historia cultural, es una de las tareas que aunque ya se está re-escribiendo, aún sigue pendiente.


viernes, 26 de noviembre de 2010

En 100 años (24)


A los nombres que hemos venido manejando en las más recientes entregas, hay que sumar ahora el de Gabriel Figueroa (1907-1997). Si bien no es fotógrafo como los dos anteriores, sí qué supo hacer uso de la fotografía y no sólo eso sino que la explotó al máximo, al grado de hacer de sus imágenes, probablemente, algunos de los íconos más perdurables en el imaginario de México. Como es conocido, Gabriel Figueroa fue el fotógrafo de una buena parte de las películas mexicanas de la llamada Época de Oro del cine nacional, películas que, a su vez, forman parte de ese imaginario, sólo que aclaremos que aunque esa es la idea general, no son “las películas” las que pueblan y enriquecen esa reserva colectiva de símbolos patrios, sino sus imágenes y en su creación es dónde la figura de Figueroa resulta clave, esencial. Tomemos de ejemplo la que encabeza estas líneas. Se trata de una “escena”, nosotros diríamos que de una “fotografía”, de la película Río escondido de 1947, fue dirigida por “El indio” Fernández (Emilio) y quien aparece en medio de esta terrible soledad que es más metafísica que real y que es la de todos los mexicanos según el Laberinto de la Soledad de Octavio Paz, es María Felix. Esta imagen de la mujer enfrentada a su destino sin más armas que su propia persona, es el símbolo de la tragedia mexicana en la que todos tenemos un papel que desempeñar.
Como hombre de cine, Figueroa no pudo estar ajeno a la importancia y valor de la fotografía, de hecho él hizo fotografía pero en movimiento, y no sé si llegó a conocer los fotogramas de sus películas convertidos en las asombrosas fotografías que hoy festejamos. Como sea, no cabe duda que una buena parte de nuestra autoimagen y de la que proyectamos hacia el extranjero es producto del trabajo de Figueroa. En 100 años, se han venido sedimentando muchísimas imágenes referentes a la idea que tenemos de nuestro país y sus habitantes, obras como la de Figueroa las resumen e insertan en el imaginario colectivo de México.

jueves, 25 de noviembre de 2010

En 100 años (23)


El nombre de Manuel Alvarez Bravo continúa siendo la carta fuerte internacional de la fotografía mexicana, no obstante, empieza a compartir créditos con algunos otros productores sea porque se les ha vuelto a valorar después de re-leer su trabajo y trayectoria, ya por méritos propios. Tal es el caso de Graciela Iturbide (1942), curiosamente la que se considera fue la única alumna que tuvo Alvarez Bravo (este es tema para otra reflexión, los considerados grandes productores mexicanos de la primera mitad del siglo XX no tuvieron alumnos directos). Hoy día, el nombre de Iturbide que además fue reconocida en el 2008 con el premio Hasselblad, el Nobel de la fotografía, se ha convertido en imprescindible al hablar de la fotografía en nuestro país y en el mundo. La imagen que aquí presentamos corresponde a la empleada en la portada de uno de los varios libros dedicados a su obra, Eyes to Fly, del 2006. Un autorretrato que habla por sí mismo pero que repite un gesto al que han recurrido otros fotógrafos, por ejemplo recuerdo una fotografía de Cravo Neto y otra de Sudek, inscritas en este mismo sentido, los ojos de los fotógrafos, ¿o quizás deberíamos decir de la fotografía?, son aves que nos llevan a conocer los sitios más recónditos e insospechados. En 100 años, la fotografía en México, a pesar de los pesares, se ha ido abriendo paso gracias a la constancia, calidad y entrega de productores como Graciela Iturbide.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

En 100 años (22) (Continuamos)


El caso de Manuel Alvarez Bravo (1902-2002) es, sin lugar a dudas, paradigmático en más de un sentido. Según el reporte de la casa Sotheby’s  a propósito de la recién concluida edición 2010 de Photo Paris, los grandes fotógrafos que se reivindicaron entre los coleccionistas e instituciones culturales, fueron el checo Josef Sudek  (1896-1976) y el mexicano Manuel Alvarez Bravo. Al margen de las implicaciones comerciales que este hecho pueda tener, de lo que significa que internacionalmente se esté a la búsqueda de una fotografía de calidad, que se reconozca el trabajo y trayectoria de quienes en verdad han sido ejemplo para muchos otros fotógrafos, Alvarez Bravo, por lo menos en México, nunca ha perdido su lugar, importancia, valor y autoridad. La fotografía de Dn. Manel tiene esa extraña cualidad de nunca envejecer, o quizás sea que los temas que trató y cómo los fotografió los convierten en esencias atemporales de un país que siempre es el mismo, con sus hijas del danzante, en bicicleta los domingos, ganando fama y echándose a dormir, sus toritos, los agachados, o enfrentándose a las tentaciones en casa de Antonio. La que pudiera ser una imagen fechable, documental, registro crítico de un suceso en particular, el Obrero en huelga asesinado de 1934, por sus cualidades formales, deja de ser este infortunado joven para convertirse en la imagen misma de los miles de víctimas anónimas que pierden la vida al pelear por sus ideales. Como si de un Cristo depuesto se tratara, esta imagen nos recuerda porqué lo local se convierte en universal. En 100 años, casi los mismos que vivió Alvarez Bravo, su fotografía, como diría Octavio Paz, es más real que la propia realidad.

martes, 23 de noviembre de 2010

Paisaje II (Pausa En 100 años)


Hace una semana hablé de la exposición Visionis Montanea que se presenta en Drexel Proyectos; en esas líneas dije que hoy me detendría en la exposición Horizontes de Sze Tsung Leong, inaugurada el pasado día 10 de noviembre en el MARCO, puesto que ambas son muestras de fotografía de paisaje.
Aclaremos, desde un principio, que no hay nada en común entre estos trabajos fuera de que ambos se producen dentro de un mismo género. Además, aún y cuando se trata del mismo género, como se verá, es imposible hacer cualquier comparación. Lo que trataré de exponer, entonces, son más bien aspectos que tienen que ver con la fotografía en general y con la de paisaje en particular, para lo cual recurriré a estas exposiciones a fin de ejemplificar lo que voy apuntando.
Por ejemplo, uno de los problemas que presenta el estudio de la fotografía es su definición. A diferencia de la pintura, no existe LA fotografía, sino fotografías por eso es que aún tratándose de un mismo género no hay manera de comparar sus ejemplares si estos no tienen un marco de referencia común.
El proyecto que presenta Leong en el MARCO, Horizontes, es preciso en sus objetivos y por tanto en sus resultados, tan es así que incluso hace que el montaje, la museografía, también participe de tal objetivo. La búsqueda y captura de la línea del horizonte, que es su constante, es la forma a través de la cual el fotógrafo cumple con sus objetivos. Es decir, el proyecto de Leong parte de la idea de que la línea continua del horizonte, no importa si es de París o de Atlanta, lleva a entender, como se apunta en la cédula de sala que abre la muestra, las complejas relaciones que se dan en la interacción entre distintas sociedades, culturas, regiones. De esta manera Leong nos lleva por el mundo, no sólo demostrando su tesis, sino también mostrándonos que aún quedan lugares hermosos que visitar.
Hasta aquí la parte del motivo, las intenciones y objetivos del fotógrafo; rechacemos la idea de que se trata de una muestra monótona o que resulta excesiva; quien piense de esta manera es que no se ha tomado el tiempo suficiente para ver imagen tras imagen.
Así como son de definidos los objetivos de Leong, así de estricto ha de ser a la hora de salir con su cámara al campo. Lograr estas imágenes supone un trabajo de selección de emplazamientos que permita contar con las distancias necesarias para obtener esta visión, casi plana, casi siempre, del horizonte. Hago notar que aquí hablo de distancia y no de espacio como en el caso de Ortiz Giacomán, no es lo mismo que como resultado de la distancia entre mi cámara y el sujeto de mi fotografía se interponga el espacio, a que la fotografía sea de la mayor cantidad de espacio posible para dar una idea de las magnitudes, de las escalas, que a Ortiz Giacomán, le interesa marcar. De aquí que no sólo sean distintos los resultados, sino también las fuentes técnicas de las que provienen estas imágenes, o sea, los instrumentos que emplean son distintos y definen o condicionan el tipo de imagen que se obtiene.
Si tuviéramos que describir la clase de práctica fotográfica de uno y de otro, diríamos que en el caso de Ortiz Giacomán es activa, en tanto que la de Leong es pasiva, es decir, en el primer caso se actúa en y sobre el paisaje a fin de arrancarle ciertas imágenes; en el otro simple y sencillamente se deja que sea el paisaje el que se exprese por sí mismo. En el primer caso el paisaje da lugar a la ciudad, en el segundo, paisaje y ciudad ahí están simultáneamente, etc., ¿occidente y oriente?
Visitar una y otra muestra, verlas, primero como fotografía y después como la imagen que representan, como paisajes, intentar comprender su diferente naturaleza como aquí hemos insinuado, nos regresa a una de las ideas que presenté la semana anterior, que el paisaje es ante todo un objeto simbólico a través del cual se expresa una cultura, una sensibilidad, una postura, etc.

Publicado originalmente por Milenio Diario.

lunes, 22 de noviembre de 2010

En 100 años (21)


La fotografía que fue desarrollándose al término de la Revolución tiene distintas líneas o direcciones —exactamente como sucedió con las demás manifestaciones artísticas—, están, por supuesto, los formalistas, otros grupo estaría más interesado en sumarse a los objetivos y fines de vanguardias como el surrealismo, uno más sería el que ya ha sido objeto de estas líneas, me refiero al fotoperiodismo, y, por cerrar el cuadro, habría otro grupo más ecléctico, más experimental incluso, pero no por ello menos comprometido o crítico con su realidad. A este grupo me gustaría sumarle a Lola Alvarez Bravo (1907-1993), una mujer con una carrera muy interesante que a pesar de la fama del apellido, supo ser independiente y forjar su propia obra al margen del nombre de su ex marido y que decidió conservar. Una versión de El Sueño de los pobres, de 1938, es la imagen que mostramos ahora. La imagen es contundente por sí misma y no necesita ningún comentario, pero si nos fijamos en la fecha, sí que sorprende y lo hace porque es muy temprana, quiero decir a penas están enfriándose los rescoldos del 10 y ya tenemos una imagen crítica, implacable, que denuncia el fracaso de los gobiernos postrevolucionarios en su tarea de brindar justicia y bienestar a toda la población. En 100 años esta imagen de Lola Alvarez Bravo, aparecerá una y otra vez, en todos los formatos y resultados posibles; en este caso no se trata tanto de la longevidad de la imagen, como de su actualidad, lo mismo da, si se tomó, si se armó, hace 72 años que el día de ayer durante los festejos del Centenario.
(Imagen: www.cvltvre.com)

domingo, 21 de noviembre de 2010

En 100 años (20)


Aunque como hemos dicho la cultura nacionalista que exhibió nuestro país por lo menos durante la primera mitad del siglo XX, no es producto exclusivo de la Revolución de 1910, es cierto que el reconocimiento temprano de la importancia del movimiento y del alcance que podía tener la imagen de sus principales protagonistas, sirvió para que se fuera consolidando. Incluso en aquellos casos en que hay una abierta oposición o pugna entre los líderes culturales del momento y quienes profesan otras ideas, se da esta especie de alianza que sirve o fortalece a esa cultura en la que lo mexicano va ir tiñéndose de diferentes colores. Este es el caso del primer Rufino Tamayo (1899-1991), el ejemplo es este Homenaje a Zapata de 1935. Como se ve no se trata de una versión “realismo socialista” del dirigente campesino, ni de su apoteosis o suerte trágica, sino más bien de una simple efigie que recuerda al guerrero del sur en clave más bien metafísica o en su adaptación a la realidad nacional. Después vendrá el Tamayo más colorista, más formal, más cotidiano, pero lo aprendido y hecho en el momento de este Homenaje, jamás se le olvidará, de hecho podríamos decir que su pintura representa una segunda o tercera generación de pintura nacionalista. Crear, o mejor dicho continuar  una cultura hincada en las tradiciones e historia reciente y remota de México, me parece inevitable a la luz de los acontecimientos con que abrimos el siglo XX tanto en lo nacional como en lo internacional, el problema ha sido el creer que esta cultura sólo tuvo una versión, cuando quizás su influencia no haya cesado del todo hoy día. En 100 años  hemos aprendido una historia no siempre muy recta de la cultura nacional, es el momento, parece, de empezar a verla de otra manera, con otros ojos y sobretodo de una manera más inclusiva.

sábado, 20 de noviembre de 2010

En 100 años (19)


No me es un personaje muy simpático, pero si estamos hablando de la cultura post-revolucionaria y algunos de sus principales representantes, no me puedo escapar de citar a Assunta Adelaide Luigia Modotti (1886-1942), mejor conocida simplemente como Tina Modotti. Aquí una de sus fotografías, Hombres leyendo El Machete de 1929. Me interesa esta imagen porque aparece el pasquín en que colaboró Orozco con sus caricaturas desde atrás del frente de batalla y, según lo que vemos, algunos “miembros” o “representantes” del pueblo. No entraré en polémica sobre la veracidad de esta imagen, en lo personal, como muchas otras obras de la Modotti, me parece construida con una clara intención ideológica y quizás decir esto sea tibio puesto que la intención es bastante burda o evidente. Lo importante, en todo caso, es que su presencia en México al lado del norteamericano Edward Weston (1886-1958), a partir de 1922 y hasta 1930, viene a  reafirmar la idea de que en este país, en ese momento, se vivía un ambiente internacional de vanguardia, no en el sentido con que hoy lo entendemos, sino más bien significa que entre muchos intelectuales y artistas liberales y de izquierda de todo el mundo, había un auténtico interés por conocer de primera mano lo que estaba sucediendo en México en términos de la relación o influencia mutua entre política y actividad cultural. Eso fue, más razones individuales, las que atrajeron a Weston y su acompañante, una inmigrante italiana que aspiraba a ser actriz en Hollywood y que en nuestro país y a la sombra del círculo de Rivera recordó sus lecciones social-anarquistas de su natal Italia. Por la actividad que desplegó, su papel protagónico en la vida política, social y cultural, por su obra incluso, merece ser citada al lado de la Kahlo, Rivas Mercado, Lupe Marín, Dolores del Río y las demás mujeres que aquí hemos mencionado. Hace 100 años un puñado de mujeres decidieron tomar la producción cultural en sus manos y con ello empezar a modificar el papel y la consideración de la mujer en México, qué lástima que sus lecciones no hayan calado más hondo para que hoy la participación de la mujer fuera mucho más justa y equitativa.

viernes, 19 de noviembre de 2010

En 100 años (18)

Al decir que la revolución mexicana de 1910 es —¿cómo no serlo?— el parte aguas de la vida social, política y cultura del país, nos referimos, entre otras cosas, a que es el momento en que deja o pretende dejar de ser una comunidad, un estado forjado, guiado y proyectado por la tradición decimonónica para pasar a enfrentarse a una Modernidad que ya en otros países se estaba viviendo plenamente. En el campo de la cultura y más específicamente en el de la producción artística, ser modernos va a significar atender y actuar consecuentemente a las claves de las Vanguardias conforme se van conociendo y discutiendo, y, quizás más importante, al tiempo que se van seleccionando y adaptando al talante, a la personalidad, a los conocimientos y sensibilidad de los productores mexicanos. El caso de la fotografía no es distinto al de las otras manifestaciones, quizás por la importancia que tuvo el fotoperiodismo en este momento y el inmediato posterior, es que no se habla de una vanguardia fotográfica, lo cual, sin lugar a dudas es un error. Tanto José Antonio Ramírez, como Carlos Hurtado, se han dado a la tarea de documentar la obra y trayectoria de Agustín Jiménez (1901-1974) fotógrafo al que encontramos, ya en 1926, como el encargado oficial de llevar el registro de exposiciones y demás actividades de la Escuela Nacional de Bellas Artes, en donde entró en contacto con lo más avanzado que había en ese momento en el país y en donde, seguramente fue absorbiendo las lecciones de las vanguardias que se discutían en patios y salones de la antigua Academia de San Carlos. La obra fotográfica de Jiménez, poco conocida por falta de difusión, la aplicó, como se esperaba desde las propias vanguardias, en especial las soviéticas, a la difusión de productos y servicios ya que la fotografía se concibe como una herramienta, moderna, que sirve para la conformación de las nuevas sociedades, las sociedades modernas. Jiménez entendió a la perfección las fórmulas de las vanguardias y las supo adaptar según sus necesidades, creó así trabajos intensos de gran personalidad e impacto en su momento. No obstante, en el momento en que estaba desarrollando su obra otro medio, igual de moderno, logra un despegue espectacular en México, el cine y a él le dedicara a partir de 1934 sus mejores esfuerzos, primero por la fotografía fija, después como camarógrafo, llegando a participar en más de 200 cintas, entre ellas un par dirigidas por Luis Buñuel. En 100 años, lo mejor de la vanguardia ha sido puesto en práctica en México, sin embargo es probable que ido el espíritu original de estos movimientos, nos hayamos quedado festejando únicamente las formas.

jueves, 18 de noviembre de 2010

En 100 años (17)


Una extraordinaria fotografía debida a los Hermanos Mayo. Se trata del cortejo fúnebre que siguió a la carroza que llevaba el cuerpo de Frida Kahlo; al centro el entonces presidente Lázaro Cárdenas y Diego Rivera, la fecha, 1954, el lugar Av. Juárez de la Ciudad de México. Son muchos los comentarios que se pueden hacer en torno a esta imagen, por un lado el reconocimiento público que tenía la Kahlo al morir contrario a la idea de que era un personaje eclipsado por la figura de su marido. Por otro, la relación de Lázaro Cárdenas con los artistas que venían de la post-revolución y que también se puede suponer era estrecha dada la inclinación política de unos y otros, y que, en realidad, representa el fin del apoyo incondicional del gobierno a los propósitos, por lo menos, de Rivera y Siqueiros (Orozco había muerto en el 49). Pero también se puede hablar de los Hermanos Mayo, un colectivo de fotógrafos formado por los hermanos Francisco (1911-1949), Cándido (1922-1984) y Julio Souza Fernández (1917-), a quienes se unió, ya en México, Pablo del Castillo Cubillo (1922-) también fotógrafo español. Entre los cuatro asumieron el nombre de Hermanos Mayo para conmemorar el primero de mayo fecha internacional del día del trabajo. A su llegada a México, junto con la mayor parte del exilio español, en 1939, y luego de un fructífero y meritorio trabajo reporteril sobre la Guerra Civil en España, fundan esta que ha sido una de las agencias de fotografía más importantes en nuestro país, quizás tan sólo atrás de la de los Casasola. Por cierto, su archivo, calculado en más de 5 millones de negativos y película en color, también ahora forma parte de los acervos de la Fototeca Nacional en Pachuca, Hidalgo.
El auge que tuvo y tiene el fotoperiodismo en México en buena parte se debe al trabajo y ejemplo de los Hermanos Mayo, pero su principal aportación fue el introducir en nuestro país el fotoreportaje: famosas son sus imágenes sobre los trabajadores de la construcción (que recuerdan las de Jacob Riss), de los vendedores ambulantes, o los braceros. Además, su forma de trabajo, su indeclinable tendencia política, su práctica de la fotografía, siempre comprometida, los convierte en uno de los bastiones de la fotografía social en México. En 100 años la práctica de este medio con un fin político, con un compromiso comunitario, más allá de su valor estético o simbólico, ha sido una de sus características, la misma que ha hecho que la fotografía mexicana destaque y sea valorada internacionalmente.
(Imagen: www.pbs.org)

miércoles, 17 de noviembre de 2010

En 100 años (16) (Continuamos)

Al referirme al Dr. Atl, mencioné que junto a dos o tres más habían introducido el Arte Moderno a México, mucho antes de que Rivera y compañía iniciaran su epopeya muralista. Atl es un precursor puesto que es de los primeros en llegar con noticias frescas de Europa y dar a conocer, entusiasmado, los movimientos que allá estaban teniendo lugar, los que hoy conocemos como Vanguardias Históricas, inquietando, así, a los jóvenes pintores que ansían salir de la instrucción académica y dar rienda suelta a sus instintos creativos. Si el Dr. Atl, pues, fue un alborotador en este sentido, el personaje que ahora presentamos, fue el gran realizador, el que facilitó el tránsito entre la pintura del XIX y la del XX, el que trajo consigo la práctica del Arte Moderno.  Se trata del regiomontano Alfredo Ramos Martínez (1871-1946) quien a través de la creación de las famosas Escuelas de Pintura al Aire Libre, las EPAL, demostró que para la creación artística se necesita algo más que la disciplina de la Academia, la posibilidad de crear libremente siguiendo tan sólo la necesidad de expresión. Los logros que alcanzaron sus alumnos maravillaron a Europa pero en México sólo se ganó la incomprensión, la crítica, la burla. Razones poco claras lo harán abandonar el país para ir a refugiarse a Los Angeles, California, donde proseguirá su carrera como pintor. En esta poco conocida fotografía se le ve frente a uno de los murales que pintó en Los Angeles, Los Charros del pueblo (1941), representan la última etapa en su trabajo, misma que está marcada por un enorme deseo por hacer una pintura mexicana moderna, tratando, sin lograrlo por fortuna, ser similar a sus colegas del sur. Ramos Martínez fue un Romántico toda su vida, intentó llevar este espíritu, esta manera de entender y ver la vida y el arte, a temas de fuerte raigambre nacionalista. Simultáneamente, estaba atento a los logros de las Vanguardias, tanto los apreciaba que los hizo suyos al fundar las EPAL, e incluso trató de adaptarlos a su propia obra, el resultado es una extraña mezcla que sólo recientemente ha empezado a ser valorada. En 100 años Ramos Martínez, un productor poco difundido en México, ha sido, con mucho, el principal faro que guió al Arte Moderno en el país.

martes, 16 de noviembre de 2010

Paisaje (I) (Pausa En 100 años)


Por una u otra razón había postergado hablar sobre la exposición Visionis Montanea que Roberto Ortiz Giacomán presenta en Drexel Proyectos, no obstante quiero aprovechar ahora la ocasión ya que el MARCO recién inauguró una exposición que, coincidentemente, también es de fotografía de paisaje y a la cual me referiré la siguiente semana.
Del trabajo de Ortiz Giacomán quisiera destacar un par de puntos, no obstante, quizás sea conveniente hablar primero del paisaje en términos generales para tratar de entender esta y la exposición del MARCO. Es falso que el paisaje haya sido uno de los primeros motivos de la pintura, puesto que se le consideraba, en el orden de la creación, inferior y por tanto no digno de atención. El paisaje entra en el campo del arte hasta que el hombre adquiere consciencia de su autonomía respecto a la naturaleza, justo cuando empieza a desarrollarse y tomar fuerza el pensamiento Romántico. Aunque hay importantes antecedentes (algunos grabados de Rembrandt y la pintura flamenca y holandesa) no es sino hasta los grandes pintores ingleses del XVIII que se voltea por vez primera hacia el paisaje en búsqueda de respuestas trascendentes o bien como interlocutor de importantes cavilaciones. Hoy día el paisaje nos parece un tema común por la difusión que le dio, por ejemplo, el Impresionismo, mas si atendemos con calma nos daremos cuenta que su tratamiento, en general, es más simbólico que naturalista por contradictorio que pudiera parecer.
Esta última idea debe guiarnos a la hora de apreciar y valorar las exposiciones que he mencionado. Para no sesgar la comparación, dejo por lo pronto este punto y paso a los otros dos que me interesa señalar en el caso de Ortiz Giacomán.
Una fotografía es ante todo el resultado de una serie de procesos que inician al poner una cámara frente a un tema, abrir el obturador para dejar pasar una cantidad determinada de luz y cerrarlo. De este proceder son importante dos cosas una la actitud de quien manipula la cámara y dos las características del aparato. En el caso de las fotografías que componen la serie Visionis Montanea, la palabra clave es frente. Lo que vemos en ella no es lo que nosotros podríamos ver estando frente al mismo tema; o dicho de otra manera, lo que estas imágenes nos muestran es lo que estuvo frente a la cámara lo cual tiene características muy distintas a la capacidad de nuestros ojos. Me refiero concretamente a que la amplitud de espacio que abarcan prácticamente todas estas fotografías es producto de las características de la cámara (o de un procedimiento) y no de una visión cualquiera sobre el paisaje, de hecho eso es precisamente, lo que nos asombra, ver a través de la cámara, más allá de lo que haríamos con los ojos.
Este mostrar el paisaje de esta manera, ya sea por la cámara o por un proceder técnico, no deja de recordarme, curiosamente, no a otro fotógrafo sino a un pintor. La capacidad de llevar hasta la superficie del papel o de la tela tal cantidad de espacio, sólo creo haberla visto en algunos paisajes del valle de México de José María Velasco (1840-1912). En efecto, sabemos que Velasco llevaba a cabo sus composiciones articulando sobre el horizonte diferentes puntos de vista que le permitían mantener frente a él un arco cercano a los 180 grados sin que hubiera distorsión. Esto es, procedía, con sus recursos y en su momento, como hoy lo hace Ortiz Giacomán con su cámara. Es más, yo me atrevería a decir que no sólo trabajan de la misma manera y obtienen resultados similares, sino que los anima el mismo interés, la misma intención, la misma búsqueda al retratar al paisaje tal y como lo hacen.
Como en cualquier otro caso, trabajos como los de Velasco u Ortiz Giacomán, al ser producto de un proceder particular, intencionado, se convierten en objetos simbólicos a través de los cuales se quiere expresar algo. Es sobre este punto que hablaremos la semana próxima.
Publicado originalmente por Milenio Diario.

lunes, 15 de noviembre de 2010

En 100 años (15)


Uno de los personajes más representativos del cambio de siglo lo fue, a no dudar, Gerardo Murillo, mejor conocido como el Dr. Atl (1875-1964). Son muchos los campos y actividades en los que Atl intervino directamente, desde el rescate de los principales monumentos virreinales, hasta su preocupación por la vulcanología. Es él, junto con dos o tres más, el responsable de la introducción del arte moderno a nuestro país y fue él quien primero pidió a Justo Sierra (cuando era ministro de instrucción pública en el régimen de Díaz) les permitiera usar los muros de los espacios públicos para pintarlos, adelantándose unos 10 años al trabajo de Rivera en el Anfiteatro Bolívar. Pero además Atl tiene una relación particular con Monterrey, N.L., México, pues fue uno de los primeros consejeros que Arte, A.C. tuvo desde su fundación. No olvidar que Arte, A.C. es la institución cultural más antigua de esta ciudad. En alguna de las visitas que hizo a Monterrey, Atl pintó un par de “Colas de caballo” (una caída de agua típica de la región), y se dice que intentó realizar una magna marcha nocturna rumbo a la Huasteca, con el fin de proclamarla patrimonio de la humanidad y futuro emplazamiento de Olinka, su ciudad ideal. Por otra, parte, es una pintura de Atl, El maizal, la que dio origen a la actual Colección FEMSA una de las más importantes de arte mexicano y latinoamericano en México.  Atl fue un hombre prolífico y generoso y aunque no tuvo alumnos directos si indujo a muchos por el camino del arte, ahí están Nahui Ollin y Joaquín Clausell como muestra de la influencia que tuvo sobre artistas individuales más que sobre un grupo o una escuela. En 100 años el Dr. Atl ha sido un ejemplo de cómo se fueron dando los cambios en nuestro país a raíz de los movimientos sociales y políticos, de cómo reaccionaron nuestros intelectuales a ellos y cómo, cada quien desde su ámbito de competencia y alcances, se fue sumando a ellos.

domingo, 14 de noviembre de 2010

En 100 años (14)


Sin duda Antonieta Rivas Mercado fue, en más de un sentido, precursora del pensamiento moderno de muchas mujeres. Sus múltiples intereses, la manera de afrontar sus inquietudes intelectuales, las obras en las que intervino y su propio trabajo, la hacen, como decíamos ayer, representante de las otras mujeres, aquellas que al lado de las “Adelitas”, también son parte y consecuencia de la Revolución. Con todo Rivas Mercado no fue la única que, en ese momento, sintió la necesidad de cambiar la situación de la mujer en general, la suya propia en lo particular, si el país se encontraba en un estado de cambio radical, ello debía implicar lo mismo o algo similar para sus ciudadanos. Una de estas otras mujeres lo fue Carmen Mondragón (1893-1978), hija del general Manuel Mondragón miembro de abolengo del grupo castrense, parte de la alta sociedad de aquel entonces. En torno a los años veinte, Carmen Mondragón, ya para entonces conocida por sus incursiones en el ambiente cultural de la ciudad de México, se relaciona con Gerardo Murillo, el famoso Dr. Atl, quien no sólo la anima a adentrarse en la pintura sino que también, como en su caso, le cambia de nombre por el de Nahui Ollin, que es con el que se le conocerá en adelante. Nahui Ollin es el nombre que recibe el quinto sol dentro de la cosmogonía azteca y se refiere al movimiento (temblores, huracanes, deslaves, oleaje, etc.)
Como puede apreciarse Nahui Ollin fue una mujer de belleza inusual, la fotografía que aquí se muestra y las muchas otras que le tomaron, fácilmente lo comprueban, no obstante, su talento creativo no estuvo a la misma altura. A diferencia de otras mujeres de su época con las que compartió la escena cultural, Frida Kahlo, Tina Modotti o Nelly Campobello, incluso la misma Antonieta Rivas Mercado, que tanto en su momento como en la actualidad son reconocidas por su obra, Nahui Ollin careció de talento. Su pintura, lejos de ser naive, primitiva o ingenua, como se le ha querido calificar tratándola de salvar, es simple y sencillamente mala, como mala es la de cualquiera que no tiene esta facultad. Con todo, en 100 años nombres como el de la Mondragón, Lupe Rivera, Lupe Rivas Cacho o Dolores Asúnsolo (Dolores del Río), han logrado forjar una sólida raíz que nutre las ideas de igualdad, respeto e independencia para las mujeres, por desgracia, esta tradición aún no da los frutos que de ella se esperan.

sábado, 13 de noviembre de 2010

En 100 años (13)

A lo largo de estas presentaciones he procurado no tocar ni acercarme a los temas canónicos de la Revolución, más bien he tratado de presentar otros rostros, otros sucesos, otros temas que aunque relacionados con el Bicentenario de la lucha de 1910, no sea tan común hablar de ellos, se les ve bajo la misma óptica que aquellos cuando, en realidad, necesitan un tratamiento diferente, o de plano se les saca la vuelta. Ayer veíamos el caso de las “Adelitas”, pero no todas las mujeres que estuvieron relacionadas con nuestra guerra civil fueron o estuvieron con la soldadesca; como representante de esas otras muchas mujeres que vivieron y escenificaron diversos papeles en ese entonces, tenemos a quien ocupa el centro de esta entrega, y nos presta su imagen, Antonieta Rivas Mercado.
Hay quienes dicen que el rostro del famoso Angel de la Independencia, o sea el de la victoria alada que corona la columna que el arquitecto Antonio Rivas Mercado diseño, es el de su hija, Antonieta. Verdad o mentira lo cierto es que esta mujer, por sus actividades, sus relaciones, sus inquietudes, jugó un importante papel en el desarrollo cultural del país tanto antes como después del movimiento armado. Periodista, mecenas y amante de pintores e intelectuales su nombre quedará unido al de Manuel Rodríguez Lozano, Julio Castellanos, Roberto Montenegro, Carlos Chávez —con quien fundó la actual orquesta filarmónica de México—, pero sobretodo al de José Vasconcelos, a quien primero apoyó y siguió a lo largo de toda la campaña presidencial de 1929 y luego por su exilio en Nueva York y Europa. Fue ahí en donde tomó la decisión, en París para ser más exactos, de terminar con su vida cuando apenas habían transcurrido 31 años desde su nacimiento en 1900. En 100 años se le considera una de las precursoras del feminismo mexicano pues a pesar de las limitaciones y prohibiciones que su familia paterna le impuso desde muy joven, con inteligencia y voluntad supo superarlas y ser una figura señera en el ambiente cultural de la época, representa así a ese otro rostro de las mujeres que también se formaron al calor de las batallas por tener un México moderno.
(Imagen: Blog de Azul Mar. Windows Live)

viernes, 12 de noviembre de 2010

En 100 años (12)

Ayer presentábamos al pequeño niño soldado como uno de los muchos personajes anónimos o de las víctimas fatales que tuvo nuestra Revolución de 1910. Ahora, en la misma línea, expongo esta otra fotografía, la de las mujeres, las famosas “adelitas”. Sobre su participación en la “Bola”, sobre el papel que desempeñaron siguiendo, alimentando, curando, atendiendo y divirtiendo a la tropa, mucho es lo que se ha escrito y muy poco lo que yo podría agregar al respecto.  Si he seleccionado esta imagen en lugar de la muy conocida del Archivo Casasola, es porque me parece totalmente desprovista de todo el atractivo de aquella otra que por su difusión se ha convertido en un ícono o en la imagen que toda actriz del cine nacional medianamente famosa y más medianamente actriz quisiera representar en una épica historia de amor revolucionario, de esas que se fraguan al calor de las balas. Esta imagen que aquí vemos carece, efectivamente, de cualquier glamour por lo que está más cerca de ser la representación de una escena que refleja más fielmente la apariencia diaria de las soldadas. Se trata de mujeres de pueblo y del pueblo, más bien mal vestidas, grotescas en el atuendo guerrero en que se hacen retratar, no son jóvenes y si lo fueron ya sus rostros y sus cuerpos no lo recuerdan. Tristes, enojadas, asustadas, esperan que el tren se vuelva a poner en marcha para regresar a lo que ahora es su vida cotidiana. A pesar de estar documentada su participación, de saber que ésta fue valiosa e importante para el triunfo de la Revolución, qué lejos está aún la justicia para su género, qué difícil el trato igualitario, qué imposible el cese de la agresión en su contra. En 100 años el país ha cambiando ¿cómo negarlo? Pero como en el caso de los niños, en el de las mujeres, este tiempo no ha sido suficiente para lograr un cambio real que les permita su pleno desarrollo en nuestra sociedad.

jueves, 11 de noviembre de 2010

En 100 años (11)

Por fortuna, para la gran mayoría de nosotros, la experiencia de una guerra, de una revolución armada, no forma parte de nuestra vida, no ha entrado en nuestra formación, definición de carácter, conducta y/o personalidad, ni siquiera es algo que pudiera desearse o verse con buenos ojos. Por ello es que no deja de sorprender la imagen de este día, este pequeño niño revolucionario, que a pesar de su edad se tomó muy en serio el posar para el fotógrafo y así representar a las fuerzas federales. Apenas si podemos imaginar lo que ha vivido este chico y sin embargo, cananas al pecho, gorra bien plantada con el barbiquejo bajo el mentón, rifle al lado, en descanso, y las ropas de cama, al otro, se apresta para salir a campaña, quizás a uno o más combates, batallas de las que es posible ya no vaya a regresar. En su mirada se adivina, lo que sus ojos han visto; se puede tratar de uno de los miles de huérfanos que fue dejando el movimiento armado a lo largo y ancho del país, niños y niñas que viéndose abandonados no tuvieron otro remedio que sumarse a las tropas de uno y otro bando, en las que atravesaron por un proceso acelerado de madurez si es que tuvieron oportunidad de vivirlo.
A pesar de ser una imagen muy conocida, no puedo dar más datos de ella, procede del Archivo Casasola, pero no he podido dar con su autor, la fecha de realización, o mayores datos que nos permitan la ubicación e identificación del pequeño soldado. Sin lugar a dudas es una fotografía hermosa, de un joven niño gallardo, digno, honesto, convertido en hombre antes de tiempo. Lo mejor de una generación que perdió una buena parte de sus miembros. En 100 años, han pasado tres o cuatro generaciones similares a la de este niño, unas han corrido con mayor fortuna, muchas siguen viviendo procesos acelerados de maduración al tener que trabajar, emigrar, defenderse aún de los propios padres. Ojalá llegue el día en que en lugar de fotografías de jóvenes soldados las tengamos de niños cumpliendo su principal papel, el ser niños.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

En 100 años (10)


No creo en la clarividencia ni en que existan adelantados a su época, pero sin lugar a dudas José Clemente Orozco (1883-1949) llegó a realizar obras que parece vaticinan el futuro, mejor dicho, nuestro presente. Y es que entre los famosos Tres Grandes de la pintura en México, Orozco es el que quizás resulte menos asociado a una postura política específica y mucho menos como militante a favor de tal o cual causa. En cambio, es el más crítico, el más independiente, el más humanista, el más claro y contundente en las ideas que expresó en su obra. Creo que es por su postura a toda prueba, por su defensa implacable e insobornable de una concepción del hombre, la historia y el destino, lo que lo hace atractivo para los Expresionistas de su época y del momento actual, hombres de su tesitura, dispuestos a morir en la hoguera por sus ideales, no son los de todos los días, ni los que se conforman con la conquista del presente ni del futuro, en eso es diferente también de sus compañeros Rivera y Siqueiros.
Si la obra de Orozco nos parece vidente es porque no mira ni al presente como tampoco al pasado más que para imaginar el drama, el esfuerzo, el sacrificio que hay detrás de toda acción para que se concrete y que, a fin de cuentas, nadie se da cuenta de lo que se ha hecho, nadie reconoce, aprecia o agradece, sólo consume, vive ciegamente. La litografía que encabeza estas líneas, que a su vez reproduce uno de los murales del Hospicio Cabañas (1939), es una de las visiones más terribles que se pueda tener respecto a la sociedad moderna y el fenómeno social que mejor la califica, las masas. Seres descerebrados, moviéndose al unísono, respondiendo a la voz de mando, sólo gritando consignas que no entienden, pidiendo favores que no merecen, ciegos de poder, sordos de solidaridad. En 100 años, las masas fueron el azote de gobiernos y naciones, excusa para unos cuantos, carne de cañón para todos. Orozco vio, efectivamente, en que se convertiría lo surgido de la Revolución.

martes, 9 de noviembre de 2010

Falsa polémica sobre un falso problema (En 100 años 9)

Enfrascarnos en discusiones sobre nuestro panorama cultural creo que por ahora traen poco provecho, por lo que espero no iniciar o dar pie a que se genere una polémica respecto al tema que he de abordar ahora.
La semana pasada se anunciaron las diferentes exposiciones que ocupan las salas de la Nave Lewis en el Parque Fundidora. Nave famosa porque fue uno de los emblemas que tuvo el malogrado Fórum Universal de las Culturas hace tres años; como se recordara ahí estuvieron expuestas las muestras de arte egipcio y mexicano que tanto revuelo causaron, y ahí mismo se pretende levantar un museo de historia natural. Ahora el espacio ha sido ocupado por una amplia exhibición de autos antiguos y por stands de diferentes artesanos que visitan la ciudad a fin de presentar su trabajo y hacerse de unos cuantos pesos que bien los necesitan.
Ello ha hecho que circule por los medios electrónicos, la idea de que con estas actividades no sólo se altera, se cambia la función y vocación del espacio, sino que se le convierte en mercado, sala comercial de exposición, remodelación que terminó destinándose al regocijo popular.
Primer error en estas apreciaciones. No existe o por lo menos es algo que ya se encuentra superado, oposición entre Alta Cultura y Cultura Popular, o entre Arte y Artesanía. Si estas distinciones fueron importantes para el mundo Moderno, hoy en día son insostenibles teórica y prácticamente, por no hablar del derecho universal que toda manifestación cultural tiene de darse a conocer y difundirse. Así que desde un punto de vista teórico no hay mayor diferencia entre Isis y la Serpiente emplumada, y la exposición de autos antiguos. Y si hubiera aún deseos por discutir el punto, se puede recurrir a un criterio cuantitativo, esto es, a ver qué clase de exposición cuenta con más visitantes (eliminando, por supuesto, el factor novedad como lo fue el Fórum).
Segundo error en esta pseudo polémica. Hasta donde recuerdo la Nave Lewis se administraba a través de un convenio, acuerdo o arreglo con el INAH, o si se prefiere con el gobierno federal ya fuera a través del Instituto de Antropología o del CONACULTA. Por tanto si algo habría que criticar sería más bien el funcionamiento de estos acuerdos y no el tipo de exposición que se presenta, que creo, responde más bien a una necesidad de mantener ocupados los espacios en lugar de tenerlos vacíos y abandonados.
Tercer y último error. Querer ver un problema en la oposición entre Gran Arte y manifestaciones populares, o en los destinos y usos de los espacios, creo es ver solamente la superficie o detenerse en lo más aparente de una problemática real que afecta no sólo a nuestro estado y ciudad sino a todo el país. Si continuamos discutiendo qué actividades son dignas de presentarse en tal o cual lugar, cuáles deben ocupar carpas y tendidos y cuáles palacios y naves, creo se debe a que hemos perdido las voces que hace unos cuantos años contaban con la suficiente autoridad moral como para definir, orientar o excluir estos debates. Escuchar lo que tenía que decir al respecto gente como Octavio Paz o Carlos Monsiváis servía, estuviéramos de acuerdo o no con su posición, para dar lugar y dirección a los temas culturales del país. A falta de tales guías todo mundo se siente con derecho no sólo a opinar sino a determinar y así nos damos por satisfechos con perseguir falsas polémicas, problemas ya superados o planteamientos mal dirigidos.
Que hayan cesado estas voces y que por lo pronto no tengan relevo no es más que una muestra del estado que tiene nuestra vida cultural en estos momentos. Como tantas otras áreas de nuestra vida pública ha entrado en un profundo bache, no obstante ello no significa o no significa forzosamente que se deje de hacer algo al respecto y una buena acción lo es, sin duda, el no gastar nuestra pólvora en infiernillos.
Publicado originalmente por Milenio Diario.



lunes, 8 de noviembre de 2010

En 100 años (8)


En relación al Bicentenario y el Centenario esta es la segunda vez que aparece en este espacio Octavio Paz (1914-1998). La primera de ellas en relación a Diego Rivera y la pugna a muerte que el poeta emprendió en contra del pintor. Ahora hablamos de él como parte de esa generación que se formó en las inmediaciones del fin de la Revolución y se encontró con que había que reconstruir un país desde sus cimientos, sobre todo en materia de educación y cultura. Ya lo he mencionado en otras ocasiones, para México el fin de la Revolución significó su entrada de lleno a la Modernidad, cuando ya en otros lugares, en otros países, estaba llegando a su madurez, luego entonces inmensa debió ser la tarea que hubo que enfrentar el país a fin de no quedar más rezagado. Creo que este hecho no hay que perderlo de vista pues nos permite tener una perspectiva más respecto a la configuración de nuestro presente. En el caso de Paz y sus contemporáneos su labor consistió en incorporar la Modernidad cultural y artística a lo que se estaba produciendo en el país. Podríamos decir que al hacerlo provocaron un enfrentamiento de las dos tendencias que la Modernidad marcó para el arte del siglo XX, el arte comprometido socialmente y el arte por el arte, o mejor dicho, el arte que reflexiona sobre el arte mismo. Este encuentro entre dos posturas antagónicas fue más marcado en nuestro país debido, precisamente, a ese desfase que teníamos, tenemos, con respecto a las corrientes de pensamiento, ideológicas, internacionales. Con todo, ambas posturas enriquecieron al arte mexicano del siglo XX, y si bien el Nobel entregado a Paz en 1990 pareciera ser el premio a la postura que representó y defendió, habría que verlo más bien como el triunfo de su generación que a pesar de los pesares, logró en estos 100 años, dotar al país de excelentes ejemplos del arte moderno, uno de los cuales, quizás el más brillante, sea la obra del propio Octavio Paz.

domingo, 7 de noviembre de 2010

En 100 años (7)

Difícilmente se puede escamotear la importancia que tuvo para el desarrollo del país un personaje como lo fue José Vasconcelos (1882-1959), nadie, creo, sería capaz de negar que, junto con muchos otros, es uno de los artífices del México por lo menos de la primera mitad del siglo XX. No obstante, su actitud siempre crítica, el haber sido la primera víctima del fraude electoral organizado desde el mismo poder, su idealismo político y filosófico, y el extraño giro que hizo hacia el fascismo al final de su vida, lo convierten en un personaje por lo menos incómodo, difícil de manejar, de ubicar, de presentar. La formación, trayectoria, proyección y promoción que tuvo en los diversos cargos públicos que llegó a ocupar, sus relaciones sentimentales e intelectuales, su obra, pensamiento y acción, todo lo dibuja como una personalidad compleja montada entre dos siglos y con la oportunidad de llevar a cabo profundas y duraderas reformas y de fundar valiosas e imprescindibles instituciones que un país como el nuestro iba a necesitar para salir de la barbarie de la lucha armada (son palabras de Vasconcelos no mías). En ese sentido es una de las figuras centrales en la consolidación del triunfo revolucionario —con todo lo que esto implicó e implica—, pero más importante aún, de la preparación del país para enfrentar no sólo los retos de la reconstrucción sino la de entrar a la Modernidad al lado del concierto de naciones que también iba saliendo de la pesadilla de la Primera Guerra Mundial.
Abogado, político, escritor, periodista, conferencista, polemista, amante indiscreto, amigo de intelectuales, artistas, políticos y militares, filósofo, maestro, militante, rector, secretario, embajador, padre de familia, viajero incansable, José Vasconcelos, es el modelo del hombre formado en la mejor tradición del siglo XIX enfrentado a los retos y cambios del siglo XX. Si supo entender las necesidades del país y logró fundarle una tradición y cultura Moderna, no entendió, en cambio, que los tiempos de la política no son los mismos que los de la cultura, que los objetivos del gobierno no son los de la academia, que el discurso de los políticos no es el del escritor. Y en esa confusión o en ese tratar de hacerlos equivalentes, se fue perdiendo, se fue hundiendo hasta llegar a la extrema derecha. No obstante, si en estos 100 años, hay huellas que persisten y nombres que se recuerdan el de Vasconcelos sin duda es uno de ellos.
(Fotografía: 1943)


sábado, 6 de noviembre de 2010

En 100 años (6)


Sombrerería en el mercado El Volador. México, D.F. c. 1910

La fotografía típica de nuestro período revolucionario es la de hombres vestidos de manta o como caporales, cruzados por cananas con balas 3030 de sus Mauser y el imprescindible sombrero de paja o paño de amplias alas y pronunciada copa, y si alguna vez se preguntó por qué este tipo de sombreros, aquí está, en esta fotografía, la explicación: No había más!!!
Fuera de malas bromas, esta imagen de Hugo Brehme (1882-1954) a quien también debemos algunos de los retratos de Zapata, por ejemplo, que se han llegado a convertir en verdaderas imágenes tópicas, nos permite asomarnos a una escena que por ese entonces debió ser de lo más común. Por un lado nos muestra una zona de los mercados reservada a este tipo de mercancía, y por otro cómo era la oferta de artículos necesarios para las labores diarias; por lo que vemos, la variedad era limitada pero la cantidad suficiente como para atender a un buen número de clientes, y si llegara a faltar o se solicitaba un diseño especial e incluso personalizado, ahí estaban los fabricantes para dar gusto y satisfacción a los compradores. Hay más. En este México que va entrando a la Modernidad y se apresta a la lucha armada, clientes y vendedores aún se confunden, o mejor aún, ambos usan, visten con los mismos artículos; los sombreros que están a la venta lo mismo cubrirán las testas de los trabajadores que la de los vendedores, la distancia social entre unos y otros, entre una y otra clase, a este nivel, no es tan grande, ni tan grave como sí lo era entre ambas y la burguesía que dominaba, no estos mercados populares, sino las nacientes industrias y principalmente la tierra de donde, gracias al trabajo esforzado de peones y campesinos, extranjeros y nacionales explotaban a diestra y siniestra los recursos naturales, que hoy, en 100 años, empiezan a escasear, por no hablar de la pobre producción de alimentos que ayer como hoy sigue siendo azote de millones de mexicanos.

viernes, 5 de noviembre de 2010

En 100 años (5)

La ofrenda. 1913


Nadie puede saber si la prematura y desgraciada muerte de Saturnino Herrán (1887-1918) privó al país de uno de sus más grandes pintores. El destino, la vida es tal que al cegar una vida en el momento que sea, certifica las cualidades y fallos del difunto, así que si Herrán es un destacado pintor, lo es en función, precisamente, de su temprana muerte. Pero no es por estas razones que lo presentamos aquí vía una de sus obras más importantes y que casa a la perfección con el tema que abre estas líneas y las fechas que apenas celebramos al inicio de esta semana. No, Saturnino Herrán está aquí para hablar de otro de esos temas que por una u otra razón difícilmente se tocan y menos aún se discuten. Es verdad todo lo que se dice acerca de las bondades del estado mexicano postrevolucionario y su relación-patrocinio de las artes, relación de la que sobresale el Muralismo como ejemplo, como prueba de que ese estado impulsó al arte moderno en y de México. Lo cierto es que eso no es del todo exacto. Llamo su atención sobre la fecha de esta pintura de Herrán, fue realizada 10 años antes de que Rivera pintara en el Anfiteatro Bolívar el que se considera el primer mural moderno de México, lo que significa que, tal y como lo dice Orozco en su autobiografía, para cuando ellos empezaron a tomar los encargo del gobierno para pintar los edificios públicos se encontraron con la mesa puesta, es decir, con una línea de trabajo que ya estaba fundamentada en el nacionalismo y el rescate de historia, costumbres y tradiciones. En resumen, si hay una cultura postrevolucionaria sólida, madura, capaz de rendir frutos importantes en el corto plazo, se debió a que desde fines del siglo XIX, o sea, desde el porfiriato se venía favoreciendo un tipo de pintura de fuerte identidad mexicana. Para cuando Rivera pinta su famoso mural hay diferentes grupos de artistas que simultáneamente están enriqueciendo la misma vertiente, desde las Escuelas de Pintura al Aire Libre, hasta los artistas individuales de la Contra-corriente, todos dan vida y fuerza a esa cultura que no surge de la postrevolución sino que es la línea de continuidad que en los últimos 100 años ha animado al arte mexicano.
(Imagen: www.epdlp.com)

jueves, 4 de noviembre de 2010

En 100 años (4)


Un personaje de nuestra historia reciente al que raramente se le cita a pesar del importante papel que desempeñó en el desarrollo de la Revolución. Se trata del abogado Francisco León de la Barra (1863-1939). Habiendo salido Díaz del país y renunciado el vicepresidente, Ramón Corral, el Congreso nombra a la cabeza del país a quien por entonces fungía como Secretario de Relaciones Exteriores, es decir, a León de la Barra. Es pues el puente entre Porfirio Díaz y Francisco I. Madero. Su estancia en la silla principal de Palacio Nacional, a pesar de ser breve, del 25 de mayo al 6 de noviembre de 1911, representó el fin del profiriato y el inicio de una muy incierta democracia mexicana que no acaba de cuajar. León de la Barra se desempeñó siempre en el servicio exterior y fue embajador de México en diferentes países tanto de América como de Europa, Argentina, Brasil, Bélgica y Holanda son algunos de ellos, llegando a representar a nuestro país ante los Estados Unidos durante el régimen de Díaz, un puesto que desde entonces ha sido difícil y complicado.
Esta fotografía en particular la creo interesante pues es la imagen perfecta de lo que podría llamarse un hombre decente, un digno representante de la mejor tradición del México boyante, ilustrado, católico, pulcro, impecablemente vestido, cabeza de familia, padre amoroso y mejor consorte, un hombre entregado a su Dios, patria, familia y profesión. Esta imagen, que debió compartir con muchos otros empresarios, hacendarios, industriales y profesionistas, así como con algunos de los “científicos” del gabinete de Días, es la que aún prevalece en el imaginario popular y colectivo; si pensamos en un representante de la alta burguesía de nuestro país, es muy probable que nos aparezca una imagen similar a la de León de la Barra. Su corta estancia en la presidencia y el que un hombre de sus antecedentes no haya vuelto a ella, quizás sea sintomático de que estos puestos, la política, al menos en estos últimos 100 años, no ha sido para hombres como él.