jueves, 29 de julio de 2010

El ayer

En la imagen tenemos la reproducción de una Afrodita, mejor conocida por su designación romana de Venus Geniatrix (diosa Madre) copia del bronce griego del siglo V a.C. vaciado del famoso escultor y joyero Calímaco, y que por mucho tiempo perteneciera, como una de sus piezas más reputadas, a la de por sí famosa colección del rey sol, Luis XIV (por cierto, uno de los responsables por el apetito de las cortes europeas, incluida la Vaticana, por hacerse llegar de esculturas clásicas; ejemplo que cundió también por América. Puesto que hay un número finito de estas piezas, menor aún cuando se trata de obras "maestras", el arte de la copia se desarrolló grandemente a partir del siglo XVII. Por todo lo anterior es que los museos de arte, de prácticamente todo el mundo, están llenos de esculturas clásicas, en el mejor de los casos copias barrocas o neoclásicas, en el peor moldes contemporáneos de copias de copias de copias). En su momento original, griego, o para sus sucesores los romanos, como para el mundo neoclásico, estas figuras estaban llenas de significado, tenía sentido admirarlas por su destreza técnica y por simbolizar una idea, un ideal, de belleza, perfección, serenidad, valores que sirvieron para levantar y sostener al Mundo Moderno.
Hoy día, es cierto, difícilmente se pueden mantener estos valores e incluso mantener las mismas piezas como su mejor ejemplo o demostración de cualquier otra cosa. Quizás los jóvenes hagan bien en cuestionar por qué las seguimos manteniendo si es que han ido perdiendo valor para nuestra contemporaneidad. Lo que nadie se ha preocupado en explicar, es que si siguen pareciéndonos hermosas, increíblemente bien hechas, producto más del espíritu que de la vida cotidiana, es por todo el conocimiento que hemos rescatado por su intermedio pero también construido a partir de ellas. Sin estas y muchas otras piezas, sin la arquitectura del pasado, sin los textos encontrados, preservados y difundido, sin el estudio, análisis y crítica a que los hemos sometido, si no es porque los hemos atesorado y seguimos exhibiendo, sin eso, sin un ayer visible y cognocible, nada de lo que gozamos hoy en día existiría. El arte y la cultura contemporáneas son geniales, sus logros como nunca antes se ha visto, su proyección prácticamente infinita, pero antes que acabemos desfallecidos ante ella, conozcamos el pasado, y seguro estoy así tendrá un sentido más profundo y claro nuestro presente.
(Imagen tomada de: www.louvre.fr)

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